Producto de la
realización creativa, el ser humano asciende, se realiza; es lo que se llama
"éxtasis", a menudo confundido con las fuertes sensaciones de vértigo
que llevan al ser humano por una caída, decadencia, desmoronamiento... Ya sin
voluntad, dominado por pasiones que lo esclavizan, sub-yugado, cae al
vacío... Una vez más Alfonso López
Quintás nos aclara:
"Sobrevolemos esta breve descripción. El proceso de vértigo es
falaz y traidor: nos promete, al principio, una vida intensa y cumplida, y nos
lanza súbitamente por una pendiente de excitaciones crecientes, que no hacen
sino apegarnos al mundo fascinante de las sensaciones (nivel 1) y alejarnos
irremediablemente de la vida creativa y del ideal de la unidad (niveles 2 y 3).
http://www.jp2madrid.org/jp2madrid/documentos/coleccion_educar_amor/EDUCAR_09015.pdf
Puesto que somos conscientes de
la realidad, de nuestra existencia y de los riesgos que ella implica, es normal
que muchas veces sintamos miedo. Se trata de miedos sanos que nos alertan y nos
permiten inteligentemente “pre-ocuparnos” y “pre-venir”, esto es, idear
estrategias para salvar las circunstancias que realmente pueden ser peligrosas
y que sólo a un inconsciente no le llevarían al ser precavido. Así, propio del
ser humano es sentir un sano miedo ante el riesgo real y, propio del mismo ser
humano, es dominar el propio miedo para inteligente y creativamente superar los
reales riesgos y no dejarse dominar por ellos.
Enfrentar nuestros miedos, tomar conciencia de ellos, analizar su
sentido y evaluarlos, tomar medidas inteligentes y llevarlas a cabo con férrea
voluntad.
Lo anterior, nos lleva a
distinguir entre miedos sustentados en la realidad o miedos patológicos que
requerirán no sólo de educación, valentía y creatividad sino de la colaboración
de profesionales especializados: enfermedades como las fobias, angustias,
ansiedades, paranoias, ataques de pánico y otras… van más allá de un aprender a
enfocar de forma valiente, prudente, esperanzadora y creativa la existencia.
¿Cuándo un miedo es sano? Cuando se asocia a situaciones
objetivamente peligrosas que se confrontan y aparece en forma proporcional al
posible y real peligro. Así, en la medida que lo peligroso cesa, el saludable
miedo también desaparece. “El miedo
normal a un peligro concreto se puede controlar (…): en mi ordenador mental, no
utilizo mi programa de miedo para ir de compras en mi barrio, pero lo activo si
me voy a la selva o a un barrio peligroso de noche.” (André, Christophe
“Psicología del miedo: Temores, angustias y fobias”. Ed Kairos; Barcelona,
2012, P. 21).
El miedo, como toda emoción,
aparece en forma súbita, no voluntaria; lo que nos corresponde hacer una vez
surgido es controlarlo… “El miedo es bueno para sobrevivir. Saber controlar el miedo es bueno para la
calidad de vida y para la inteligencia” (Ibíd. 31) Ansiedad, angustia, pánico, terror pueden
surgir como alerta que requerirán de nuestra creatividad no sólo para
dominarlos como emociones o estados de ánimo; sino para idear como enfrentar en
forma efectiva los reales riesgos y no dejarnos estar que nos impedirá la
felicidad. Precisamente, nuestro
Psiquiatra Sergio Peña y Lillo, nos asegura:
“…las mismas actitudes necesarias
para una vida feliz son las que permiten el vencimiento del temor y – a la
inversa- los supuestos erróneos que
subyacen al miedo son los que impiden el logro de la felicidad”. (Sergio Peña y
Lillo. “Temor y Felicidad”. Ed. Universitaria. Chile, 2008.).
Más adelante, Peña y Lillo
aclara: “el valor no consiste en la ausencia de miedo sino en su vencimiento y
sumisión a los dictados de la conciencia ética y a la prudencia de la
razón. Lo que sí ocurre es que el miedo
y sus actitudes subyacentes son la raíz genética de la infelicidad, ya que es
el temor el que bloquea los impulsos espontáneos de la voluntad y lo que, en
definitiva, impide la realización plena y feliz de la vida humana” (ibíd. P.
24)
Las actitudes que subyacen al
temor –según nuestro Psiquiatra- pueden esquematizarse en cuatro fundamentales,
que denomina::
1. La
Anticipación Imaginaria
2. La
Contaminación del Presente con el Pasado
3. La Resistencia al Sufrimiento
4. El
Deseo y la Ambición
Así, Sergio Peña y Lillo, a
través de su libro entrega una serie de conocimientos que trascienden la
psiquiatría pues son necesarios para todo ser humano que desee, normal y
sanamente, ser feliz. Aunque él
relaciona el temor con la felicidad, en nuestro caso, lo vincularemos con la
falta de creatividad; pues quien no vence el temor a fracasar, a hacer el
ridículo, a ser traicionado, a la soledad, a errar, a ser herido, a la muerte,
al dentista, a los violentos embates de la naturaleza, al terrorismo, a la
delincuencia y corrupción, a la inestabilidad laboral, a las enfermedades, al
envejecimiento, al alejamiento de quienes amamos… quienes no vencemos con
fecundidad la existencia, no venceremos los retos de la vida. Creatividad moral, afectiva, intelectual, social,
corporal, fe, esperanza… vencerán nuestro temor a traicionar nuestro ser
persona única, íntima, que libremente establece vínculos de comunión diversa
(amistad, compañerismo, familia, ciudadanía…), asume principios con los que se
compromete, sirve vocacionalmente, labora, cultiva, construye, habita, celebra,
juega, cree, se perdona y perdona, respeta lo respetable y tolera lo tolerable,
ama… Veamos brevemente las actitudes que
debemos superar para enfrentar con inteligencia creativa nuestros temores:
1. La Anticipación Imaginaria:
“tendencia a vivir no en el presente, sino en una proyección
fantástica hacia el futuro, lo que abre un horizonte incierto donde es posible
el riesgo y la amenaza.” (Ibíd. P. 24)
No se trata aquí de la sana,
normal y necesaria proyección intelectiva que debemos hacer para proyectar en
forma inteligente y responsable nuestra vida: La imaginación precisamente nos
permite pre-ocuparnos, pre-ver, pre-venir, pro-yectarnos. Nos imaginamos que en
tantos años más podremos ejercer profesionalmente y esa imaginación nos permite
elaborar –creativamente- un proyecto de vida: estudiar para seguir la profesión
anhelada, postular a una beca en el extranjero para tener experiencias
imaginadas, adquirir un paraguas antes de que llueva… Debemos tener propósitos,
trazar proyectos y para ello usar la imaginación en forma equilibrada,
razonable y creativa.
El problema es exacerbar una
imaginación ansiosa expectante, fantástico-monstruosa, sólo negativa, esperando
siempre algo desagradable; nutriéndose emocionalmente sólo de situaciones de
pérdidas, fracasos, riegos, amenazas, traiciones:
“En la ansiedad expectante del
miedo y de la angustia, no se pre-ve sino se pre-vive lo temido” (Ibíd. P. 86)
y, a tal punto, que el temor “desorganiza la ejecución de los actos y puede
aún, en condiciones extremas, paralizar por completo la conducta” (Ibíd. P.
87). Se trata de una especie de
capacidad destructiva, aniquilante… Curiosamente, dice Peña y Lillo, “esta
especie de capacidad creadora del temor es, en cierto modo, paralela a la de la
fe, pero de signo contrario. La fe, como
experiencia psíquica, es la esperanza de un bien que se desea y el miedo su
contrapartida, la expectación de un mal que atemoriza” (Ibíd. P. 87)
Esta ansiedad imaginaria
negativa, atrapa nuestra conciencia, sometiéndola a un mundo de temor, de
angustia, que le provoca, al mismo
tiempo, una especie de fascinación donde ya no hay un intentar salir de ese
mundo. Lo paradojal, añade nuestro psiquiatra, es que esta
anticipación imaginaria nace del pasado: “de la suposición de que volverá a
ocurrir lo que ya ha ocurrido”. (Ibíd.
P. 88-89) Veámoslo.
2. La Contaminación del Presente
con el Pasado:
“es una exageración emocional de la
memoria que lleva a suponer que volverá a ocurrir lo que ya ha ocurrido,
impidiendo la percepción ingenua y directa de la experiencia.” (Ibíd. P. 25)
Se trata de una inclusión
ilegítima de las experiencias pasadas. La memoria – como en el caso anterior la
imaginación, nos impide ver la realidad. La hipermnesia (memoria excesiva y
exagerada) puede transformarse en un factor limitante de la plenitud de la
experiencia psíquica del presente y futuro, impidiendo una correcta y sana
visión de los mismos. Sin memoria no
tendríamos conciencia de una identidad que subyace y trasciende los
acontecimientos de nuestra historia de vida, tampoco entenderíamos el presente
ni podríamos reflexionar para proyectar responsablemente nuestro futuro. El peligro es ser esclavo de los recuerdos,
del pasado emocional:
“La memoria están necesaria como
perjudicial para la manifestación de la compleja potencialidad de la conciencia
del hombre; y si bien sostiene y da continuidad al pensamiento, también lo
limita y lo aprisiona, debilitando la curiosidad y el asombro, elementos
esenciales de su actividad creativa. (…)
En realidad, el psiquismo sólo
debiera apoyarse en la memoria, pero sin permitir que ésta lo aprisione en el
recuerdo. Lo creativo, en cualquiera de las áreas de su manifestación,
es siempre una intuición de lo que aún no ha sido configurado y surge,
precisamente, desde ese fondo del psiquismo que puede ser bloqueado por la
memoria. Hemos dicho que sin el pasado no son comprensibles el
hombre ni su historia, pero la fuerza dinámica de la creatividad de la conciencia
no está en la memoria sino en la percepción de lo novedoso y de lo original”
(Ibíd. P. 94-95)
Debemos vivir las experiencias
presentes, vivenciar lo único de ellas, lo que las distingue de toda otra
anterior y futura o no viviremos realmente… No pensaremos sino prejuzgaremos,
cerrados a veces en edades muy tempranas…
Hay tanta vida no vivida, tanta vida muerta… decía Vicente
Huidobro. Hay tanta incomunicación,
desolación, incapacidad de encuentro consigo mismo y con los demás… Vidas llenas de malezas que
impiden que den sanos frutos; malezas sembradas por otros en mentes a veces
infantiles, llenas “de conversaciones, de prejuicios y de normas aprendidas que
pudieron ser útiles en su infancia o juventud, pero que ahora entorpecen la
plenitud de la vida adulta”. El
envejecimiento del alma, no tiene que ver con el paso cronológico de los
años. Hay vidas juveniles ya mustias,
cerradas, no creativas, no abiertas al asombro, a lo original de cada
experiencia aún no vivida… Desesperanzado, deprimido, sin creatividad, el ser
humano –cualquiera sea su instrucción y edad- dará la espalda al presente y
futuro; no quedándole más alternativa que someterse a la ficción de paisajes y
horizontes fantasmagóricos que intentan repetir tiempos ya no existentes…
“Quien no hubiera tenido
experiencias ingratas o dolorosas difícilmente podría concebir el temor (…)
para superar el miedo el hombre debe ser capaz, primero de dar la espalda a su
pasado y, por así decirlo, “saltar más allá de su propia sombra”; esa sombra que
hace percibir tinieblas donde ya hay sólo luz” (Ibíd. P. 94) Por algo en el cine, para que el espectador
sienta temor, tristeza, soledad, abandono, se usan colores sombríos, tinieblas;
es más, para hacer aparecer la figura monstruosa más grande más temible,
se alargará su sombra… lo que no es.
3. La Resistencia al Sufrimiento:
“es el rechazo del dolor inevitable de toda
existencia y supone una conciencia
pusilánime ante la adversidad que impide al hombre la aceptación irrestricta de
su vida y que, paradojalmente, a través de una especie de círculo vicioso,
origina por sí misma la desdicha que pretende evitar”. (Ibíd. P. 25)
El miedo al dolor nos acobarda
ante los retos y sufrimientos propios de
toda vida. Madurar, educarse,
perfeccionarse como persona, consolidarse, implica unir la fuerza de la
voluntad, el amor a la razón. Sócrates
decía que ser sabio era “vencerse a sí mismo”, esto es, superarse día a día, superar las debilidades, el miedo a sufrir. La película biográfica “Shadowlands” (Tierra
de sombras), expone muy bien el miedo a sufrir y a amar del famoso filósofo,
teólogo y escritor C.S. Lewis -conocido masivamente por sus Crónicas de Narnia,
experto en el amor y el dolor. Debe
vencer su miedo y para ello aceptarlo:
“saber de qué están hechos y
explorarlos paso a paso, para así poder develar su contenido y
significado. Al aceptar el temor no sólo
tiende a desvanecerse, sino que además se convierte en experiencia
enriquecedora y en madurez personal (…) El dolor y el sufrimiento son reales y
sería absurdo intentar negarlos. (…) Aprender a ser hombre requiere comprender
el sentido del dolor…” (Ibíd. P. 103).
Es entonces cuando aparece la salvadora
esperanza, la providencia, el que todo tiene un sentido que a lo mejor aún
no percibimos y la certeza de que cada dolor superado nos va haciendo cada vez
más fuertes. Muchas veces nuestro dolor
evita o disminuye el dolor de otros.
Ahora bien, para quien es persona de fe, el dolor tiene un sentido
superior, es prueba o forma parte de un plan divino que en un principio el ser
humano no entiende pues es oscuro para la razón pero no para la fe. Para quien no tiene fe, el dolor se entiende
bajo el amparo del amor…
Vivimos una época de calmantes
para el dolor, de diversas formas obtener placer químico o físico, ofrecidos
como sucedáneos comprables de una supuesta felicidad. Al huir del dolor, del
sacrificio, huimos de la posibilidad de amar y de soñar, de anhelar, de la
superación de obstáculos que nos fortalece.
La creatividad se esfuma entre el humo y las sombras de la inmediatez
del placer o del mero pasar y el temor se esconde bajo la apariencia del
bullicio, la ira, el abandono, la negligencia, el pasotismo, la desvinculación
o el escondrijo del anonimato.
4. El Deseo y la Ambición:
“En realidad, sólo podemos sentir
temor ante lo que atesoramos, sea la vida, la salud, la seguridad, la compañía,
el amor propio, el éxito o el prestigio
persona. El miedo no es sino la
vertiente cóncava de la esperanza y la propia etimología del vocablo ansiedad designa,
indistintamente, la impaciencia por lo temido y por lo anhelado” (Ibíd P. 107 –
108)
Es el deseo como querer, como
posesión, como ambición, como dominio, lo que hace al hombre anhelar y al mismo
tiempo temer perder lo adquirido: poder económico, social, político, fama… Todo
rebajado al nivel de producto, cosa, medio, utilidad, negocio… Placer, poder y
prestigio, son las tentaciones que desbordan los deseos y ambiciones más allá
de los justos anhelos y del amor. Se
trata, dice Peña y Lillo, de “la lucha del hombre contra las proyecciones de su
propia sombra, que no es sino su luz interior interceptada y que ya no ilumina
lo que debiera iluminar”. (Ibíd. P. 116).
Es la traición del ser que somos por el tener, la traición del amar
–fuente de felicidad- por la egolatría.
No confundamos la proyección del
ser en la obra que expresa todo lo que el ser puede ofrecer de sí a través de
una existencia que es dedicada; con el mero compra venta que negocia su ser a
la mejor ganancia… “deben diferenciarse
los deseos inferiores, que sólo anhelan la posesión de bienes materiales o el
dominio de los otros y los deseos superiores, que buscan el crecimiento y el
desarrollo pleno de la personalidad” (Ibíd. 112)
El temor sano no sabido llevar,
puede someter nuestra creatividad y perdernos en el abandono de nosotros
mismos… Una mirada amorosa de nosotros mismos y de los demás, puede llevarnos
hasta lo íntimo del ser que necesita
para no ahogarse de la creatividad primera y la más difícil: Ser artistas de
nuestra propia existencia.
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